En 1996 mi madre me regaló mi guitarra. Yo tenía 15 años y desde entonces me ha acompañado durante viajes y campamentos, en la etapa de instituto y también en la universitaria, haciéndose un hueco entre planos y proyectos. Incluso ha estado conmigo en los lugares donde he tenido y querido residir por cuestiones de trabajo, de los que he podido robar un trozo musical de cada:

De Sevilla, los paseos por la calle Sierpes y el barrio de Santa Cruz los Domingos por la noche con La Giralda por testigo y los músicos itinerantes, especialmente los que con su guitarra lloraban en su peculiar sentir andaluz, y sobre todo a un violinista que siempre fiel a su trozo de calle me regalaba de vez en cuando los sonidos del lago de los cisnes.
De Nueva York, a la sombra de la incomparable majestuosidad del Empire State y rodeado de sus puentes, destaco la espectacularidad de los musicales de Broadway y salas de conciertos como Radio City Hall. Pero sobre todo llevo conmigo el ambiente paradójicamente familiar que se vive en las calles residenciales, especialmente de Harlem que tuve la suerte de frecuentar, también los pequeños bares de Jazz. Con especial intensidad recuerdo toda la escuela musical y vivencial que me supuso el metro, donde aprendí a amar más si aún era posible las voces y los sonidos del Soul y del Gospell.

Siempre he encontrado un rato para hablar con mi guitarra, con la guitarra que me regaló mi madre en 1996 y tanto me ha acompañado. Y yo le contaba mis hazañas, mis inquietudes, y lo hacía con especial ternura porque siempre me escuchaba. Le contaba si echaba de menos a mi familia y amigos, si me disgustaba algo, si me faltaba alguien o si ni siquiera sabía lo que me pasaba. Siempre he encontrado palabras que decirle y de ella me acompañaba con sus acordes.

De este diálogo surgieron muchas canciones, algunas de las cuales hoy vengo a compartir. Sobre todo quiero compartir un hecho, y es que aunque yo no lo supiera, quien estaba detrás de la compañía de mi guitarra iba cada vez más haciéndose presente en mi vida y utilizaba mi música para describirme el deseo que poco a poco me llevaba más y más a Él.

Un profesor una vez me dijo que daba igual de lo que hablase que siempre terminaría hablando de Dios. Hoy he reconocido a quién iban dirigidos los diálogos con mi guitarra.
Los primeros cinco temas de este álbum hablan de pérdida, anhelo y deseo, mucho deseo insatisfecho. Los siguientes 5 temas destacan el encuentro con Cristo, la paz y a la vez el brutal descubrimiento de que siempre Dios es más de lo que podía imaginar. Por último incluyo 2 temas conmemorativos: uno a mi madre, que aún siendo una de las impulsoras de esta aventura, sin embargo, no es capaz de entender la consagración a Dios y por medio de Él a los hombres que quiero hacer de mi vida; el tema que cierra el álbum es el resultado de la experiencia vivida con un Sacerdote que a través de su vida y su muerte está siendo ejemplo e intercesión para mí y para muchos otros. A Pablo Domínguez Prieto.

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