Escucha "El encuentro amoroso. (Elegía a Pablo Domínguez)" >>  

Me enteré de la muerte de Pablo estando de viaje. El rector del seminario era buen amigo suyo, y yo le tenía en frente, a la mesa de un restaurante en línea de la playa de Nazaret, un pueblo de Portugal. Sonó su teléfono y habló por muy poco tiempo. Pálido nos dirigió a los seminaristas la mirada y dio la noticia.

Estábamos terminando la comida y poco después me dirigí sólo hacia el mar. Me descalcé y paseé el umbral de la playa durante 10 minutos. No daba crédito. Era prácticamente imposible que aquello le ocurriera a un tipo como Pablo.

Pablo era brillante, en todos los sentidos. Los alumnos caíamos como moscas a su alrededor por lo que nos contaba, por cómo lo contaba y porque desprendía un atractivo enorme. Siempre impecable, olía a limpio, llegaba sonriendo a clase algún minuto tarde, ya que a veces se le solapaban las tareas, y tras una mirada cándida al alumnado y un “¡Muy bien!, ¡Fenomenal!” comenzaba a hablar. Sabía decir las cosas de modo que aprendiéramos disfrutando y además nos transmitía a Dios, porque como él solía decir, “siempre acababa hablando de Dios”. Ese era el secreto de su atractivo, su pasión por Dios.

Recuerdo sus simpáticos comentarios con mucha sana ironía sobre las incoherencias lógicas del día a día o sobre los errores de ciertas filosofías. Su máquina de hacer arroz a la cubana que tenía que preexistir en el mundo de las ideas de Platón, o la “bola” voladora que existe detrás de la cabeza que cuando te miras al espejo desaparece pero que todo el mundo menos uno mismo ve, son ejemplos de ello.
Nos hacía reír, pero lejos de disfrutar de su popularidad, estaba pendiente de cada uno de nosotros. Un día tras preguntarle una duda respecto de lo que estaba explicando debió notar que no me encontraba bien personalmente. Lo primero que hizo al terminar fue venir a mi sitio a tratar de animarme. Así era con todos.
Si después de clase ibas a preguntar algo, él tenía muy claro que respondía a la persona que se encontraba tras la pregunta. A veces había que acompañarle porque tenía que ir a su despacho para seguidamente ir a una reunión, pero siempre intentaba resolver la duda del alumno. Recuerdo su mirada amable acompañada de una leve sonrisa después de dar respuesta.
Daba la sensación, por la luz de esa mirada, de que en ese momento estaba pidiendo por el alumno; y no es que quiera exagerar con mis interpretaciones, pero es que esa mirada me desarmaba completamente. Su ejemplo despertaba en nosotros los seminaristas una especial ilusión por la tarea a la que Dios nos quería encomendar.
Pablo murió, y casi todos nos preguntábamos cómo era posible que Dios se llevara a un sacerdote tan ejemplar para el mundo que podía hacer tanto bien y atraer hacia el Señor a muchos descarriados. Sin embargo a poco más de un año de su muerte, los frutos que Dios distribuye por medio de este siervo suyo no paran de percibirse. El otro día, por casualidad se resbaló del diurnal de una compañera de clase una foto suya, y a colación descubrí que somos muchos los que nos hemos encomendado a él. Pablo continúa ejerciendo su labor de pastoreo desde una posición que, confío, es privilegiada y mucho más eficaz. Dios nos ha separado de la peculiar mirada y sonrisa de Pablo, pero no nos lo ha quitado, sino que nos lo ha dado por entero. Ya no tendrá que irse corriendo para presentar como decano este o aquel evento, sino que se quedará velando por nosotros al igual que poco antes de morir nos dijera hizo junto a la tumba de Juan Pablo Segundo.
Gracias, Dios mío por poner a Pablo Domínguez en nuestras vidas.

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